El Doctor Hawker era un hombre agradable. Era un médico general, fuerte, y llenaba bien cualquier silla donde se sentaba. Esa noche, en junio, había venido a visitar a sus vecinos. Los tres amigos hablaban de los baños turcos cuando la puerta se abrió. Era la ama de llaves, Miss Rider. Se veía nerviosa y sus manos temblaban. - Doctor - dijo ella - Acaba de llamar alguien por teléfono. Una voz de hombre, extranjera. Dijo: «Ayuda, doctor. Ayuda. Me han matado». Luego hizo silencio. Después susurró algo que parecía «Foscatine» y «Regent's Court».
El Doctor Hawker se levantó inmediatamente. - Foscatini. El Conde Foscatini es mi paciente. Vive en Regent's Court. - Se fue a buscar su abrigo - Tenemos que ir ahora. - Nosotros - dijo Poirot, levantándose - es la palabra correcta. Hastings, un taxi, por favor.
Regent's Court era un edificio nuevo de apartamentos. Olía a pintura fresca. El ascensorista, un joven con uniforme limpio, los miró con sorpresa. - ¿Un accidente, señor? No, no he oído nada. El Conde Foscatini tiene dos señores italianos cenando con él. Su criado, Graves, salió hace media hora.
En el segundo piso llamaron a la puerta del apartamento 11. Llamaron de nuevo. Golpearon la puerta. El pasillo estaba silencioso. - Una llave maestra - dijo el Doctor Hawker. El conserje del edificio subió con la llave. Les abrió la puerta.
La mesa del comedor estaba puesta para tres personas. Tres personas la habían usado. Las sillas estaban empujadas hacia atrás, como después de una comida rápida. Pero el Conde Foscatini no estaba en la mesa. Estaba en el escritorio, con la cabeza caída hacia adelante. Una pequeña estatua de mármol estaba en el suelo. Había sangre en la base.
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El Doctor Hawker lo examinó. - Le pegaron por detrás. Murió casi al instante - dijo. Hizo una pausa - Me sorprende que haya podido llamar por teléfono.
Buscaron en el apartamento. No encontraron a nadie.
Poirot no ayudó a buscar. Se quedó en la mesa del comedor y la examinó con mucha atención. - ¿Qué buscas? - preguntó Hastings. - El error - respondió Poirot - Todo criminal comete uno.
La mesa tenía un jarrón con rosas. Tres platos de postre, sin usar. Tres tazas de café. Dos tenían café negro, una tenía leche. Las tres estaban usadas. Una botella de oporto, todavía media llena. En el cenicero: un cigarro, dos cigarrillos, todos fumados. Una caja de cigarros abierta y una caja de cigarrillos abierta.
Poirot habló con el conserje. - Esta comida - explícamela, por favor. El conserje explicó con orgullo. Había una cocina arriba en el edificio. Los residentes llamaban por teléfono para pedir comida. La comida bajaba por un ascensor pequeño. Los platos sucios subían por el mismo ascensor. - Excelente - dijo Poirot - Llévame a la cocina.
En la cocina, una trabajadora confirmó lo que necesitaban saber. El Conde Foscatini había pedido comida alrededor de las ocho: sopa, lenguado, carne, un soufflé de arroz. Los platos ya estaban lavados. Pero el soufflé había vuelto casi sin comer. - Eso - dijo Poirot - me satisface completamente.
En el ascensor, Poirot dijo casi para sí mismo: - Tenemos a un hombre de método. Y observa - Foscatini, después de recibir un golpe mortal, pudo llamar pidiendo ayuda. Nombró a la persona responsable. Pero también, antes de perder el conocimiento, colgó el teléfono. Eso es el acto de un hombre muy ordenado.
Hastings lo miró. - ¿Crees que el golpe no fue la causa de la muerte? - Creo - dijo Poirot con cuidado - que puede haber sido diseñado para parecer la causa.
El inspector llegó. Era un hombre práctico que quería hechos simples. Después llegó Graves, el criado del Conde, corriendo desde la calle. Se veía muy triste.
Graves contó lo que sabía. La mañana anterior, dos italianos habían visitado a su amo. Un hombre de unos cuarenta años llamado Signor Ascanio, y un joven de quizá veinticuatro. El Conde había enviado a Graves a una tarea, pero Graves había oído fragmentos de la conversación. Había entendido que Ascanio tenía poder sobre el Conde y que se trataba de dinero. No fue una reunión amable. El Conde invitó a ambos hombres a cenar al día siguiente a las ocho.
Ellos llegaron esa noche. Durante la cena - Graves los había servido - hablaban de política y teatro y del clima en Inglaterra. Cuando Graves trajo el oporto y el café, el Conde le dijo que podía tomar el resto de la noche libre. Graves había salido alrededor de las ocho y media y fue a un música hall con un amigo.
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El inspector escuchó todo esto. Luego examinó el escritorio. Un pequeño reloj estaba en el suelo, caído cuando el brazo del Conde cayó. Se había detenido a las ocho y cuarenta y siete, la misma hora en que Miss Rider había recibido la llamada. En la cartera del Conde, el inspector encontró: Signor Ascanio, Hotel Grosvenor. Llamó por teléfono. Ascanio estaba en el hotel y estaba a punto de irse en el tren hacia el barco. El inspector cerró su libreta satisfecho. - Vendetta italiana - dijo - Es claro. Mientras salían al pasillo, el Doctor Hawker se puso el sombrero. Poirot se quedó a su lado. - Hay un detalle sobre las cortinas - dijo Poirot en voz baja. - ¿Qué pasa con ellas? - No estaban cerradas. Y el café era muy negro. Y muy poco del soufflé de arroz fue comido. El doctor lo miró. - Mi querido amigo, ¿qué quieres decir con eso? - Por ahora - dijo Poirot amablemente - quizá nada. Hastings, estoy muy interesado en saber si Signor Ascanio tiene una coartada.
Los periódicos escribieron mucho. Ascanio fue arrestado. Negó todo. El joven italiano no fue encontrado. Ahora, antes del juicio, el Embajador italiano dio evidencia. Signor Ascanio había estado en la Embajada desde las ocho hasta las nueve esa noche. No había salido. El inspector perdió su caso simple, y Ascanio fue liberado.
- Estoy esperando una visita esta tarde - dijo Poirot a Hastings una mañana, con la satisfacción que siempre tenía de estar adelante de los eventos. - Signor Ascanio. Hastings lo miró sorprendido. - ¿Vendrá a verte? - Le escribí. Le expliqué que creía que era inocente. También le sugerí, con delicadeza, que no había dicho la verdad en el tribunal. Y que mientras yo no tenía interés en procedimientos legales, la prensa podría encontrar los detalles interesantes. Ascanio llegó a las dos y media. Era un hombre compacto con ojos cuidadosos. Se sentó en el borde de la silla que Poirot le ofreció. - Visitaste a Foscatini el martes por la mañana - dijo Poirot. No era una pregunta. Ascanio no dijo nada por un momento. - Sí. - Cuéntame el resto. Ascanio lo contó claramente en buen inglés. Foscatini - no era un verdadero conde y no era un hombre honesto - había obtenido documentos comprometedores sobre un oficial italiano importante. Ascanio había venido a Inglaterra con un secretario joven de la Embajada, había conocido a Foscatini esa mañana y había pagado una cantidad de dinero en billetes italianos. A cambio, Foscatini le dio los papeles. - No volvimos esa noche - dijo Ascanio - Ni yo, ni el joven. Alguien más debe haber ido en nuestro lugar. - ¿Y el dinero que fue pagado? - Imagino que fue robado. No encontraste dinero en el apartamento. - No encontré dinero - acordó Poirot. Se levantó y extendió su mano - Te creo, Signor Ascanio. Has sido útil. No te molestaré más. Cuando la puerta se cerró, Hastings se volvió hacia él. - Alguien los imitó. ¿Pero quién sabía lo suficiente para hacerlo? - Alguien que oyó la conversación de la mañana - dijo Poirot - Alguien que sabía el nombre de Ascanio, su edad, la edad de su compañero, la naturaleza de la disputa, y que la cena había sido arreglada para las ocho. - Se sentó y presionó sus dedos juntos - Ahora. Déjame explicar sobre las cortinas. - Es junio, Hastings. A las ocho, el sol todavía no se ha puesto. A las ocho y media está oscureciendo. En una cena, uno cierra las cortinas cuando comienza a oscurecer. Es natural, es automático. Las cortinas del apartamento 11 no estaban cerradas. Nadie estaba sentado en esa mesa mientras oscurecía. - Siguiente: los dientes de Foscatini. Los vi cuando el doctor lo examinó. Eran brillantes y blancos, bien cuidados. El café negro mancha los dientes. Un hombre que cuida tanto su apariencia no bebe café negro. Pero su taza había sido usada. Las tres tazas habían sido usadas. - Nadie vio llegar dos visitantes. Nadie los vio partir. El ascensorista vio salir a Graves. Graves le dijo que su amo tenía invitados. Pero el ascensorista no vio a los invitados. Toda la evidencia de la cena era la mesa: la loza, los platos, los vasos. Hastings estaba muy quieto. - Graves.
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- Graves - asintió Poirot - Oyó lo suficiente esa mañana para saber que Ascanio estaba en una situación que no podía explicar públicamente. Esa noche, alrededor de las ocho, le dijo a su amo que lo llamaban por teléfono. Mientras Foscatini se inclinaba hacia el receptor, Graves lo golpeó por detrás con la estatua de mármol. Luego llamó a la cocina y pidió cena para tres. Envió los platos por el ascensor pequeño, puso la mesa, ensució los platos y las tazas, y comió la comida él mismo para deshacerse de ella. Comió la sopa, el lenguado, los tres tournedos. El soufflé de arroz fue demasiado - un hombre solo puede comer tanto. Fumó un cigarro y dos cigarrillos. Movió las manecillas del reloj pequeño a las ocho y cuarenta y siete y lo tiró al suelo. No pensó en cerrar las cortinas.
- Luego salió del edificio y mencionó al ascensorista que su amo tenía invitados arriba. Encontró un teléfono público - no el teléfono del apartamento 11 - y llamó al Doctor Hawker, hablando con la voz de su amo. Fue un golpe audaz, esa llamada. Proporcionó una hora de muerte y señaló a Ascanio.
- Pero la llamada vino del apartamento 11, ¿verdad? Miss Rider dijo... - Miss Rider dijo que una voz extranjera llamó a la casa del Doctor Hawker. Ella asumió que venía del apartamento 11. Nadie pensó en verificarlo. Yo tengo intención de hacer esa investigación esta tarde - respondió Poirot, levantándose de su silla - Ya he enviado una nota a Japp.
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Tenía razón. La llamada había sido hecha desde un teléfono público tres calles away. El Inspector Japp, que no quería verse mal dos veces, se movió rápido cuando la dirección fue clara. Graves fue arrestado antes de que terminara la semana.
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Poirot recibió la noticia con un pequeño gesto de cabeza, como si un cálculo hubiera salido correctamente. - Casi lo logra - dijo Hastings, todavía con algo como admiración en su voz - Pensó en casi todo. - Pensó en todo lo que un hombre piensa - dijo Poirot - cuando planifica rápido y ejecuta con audacia y confía en la confusión del momento. No pensó en junio. No pensó en dientes blancos. No pensó en un soufflé de arroz. - Poirot levantó su taza de café - Las cosas pequeñas, Hastings. Siempre son las cosas pequeñas.