Durante miles de años, los agricultores en las regiones secas de África y Asia han cultivado un cereal resistente. Hoy, cerca de quinientos millones de personas dependen del sorgo como alimento diario, siendo el quinto grano más producido en el mundo. Sin embargo, estudios recientes de laboratorio sugieren que esta planta antigua podría ofrecer más que nutrición básica.
Los investigadores han descubierto que compuestos específicos dentro de los granos de sorgo pueden proteger las células cerebrales humanas contra los efectos destructivos de la enfermedad de Alzheimer. El Alzheimer es una condición que destruye lentamente la memoria y la función cognitiva. Las proteínas tóxicas, llamadas amiloide-beta, se acumulan en el cerebro formando grumos pegajosos, mientras que las proteínas tau se vuelven anormales y se enredan dentro de las neuronas. Estos procesos dañan las células y eventualmente causan su muerte.
Científicos han demostrado que los extractos de sorgo pueden interrumpir este ciclo. El secreto está en los polifenoles, moléculas vegetales conocidas por ser antioxidantes. Al aplicar extractos de sorgo a células cerebrales humanas en tubos de ensayo, los resultados fueron notables: los extractos detuvieron significativamente la formación de grumos de amiloide-beta. Además, protegieron las células de los radicales libres dañinos.
Sin embargo, los investigadores señalaron que no todas las variedades de sorgo tienen el mismo potencial. Las variedades de cáscara negra mostraron ser más efectivas que las rojas o rojizas. Una cepa específica, QL33, ofreció la defensa más potente, reduciendo la muerte celular en casi un treinta por ciento.
La investigación, que incluye estudios de la Edith Cowan University, revela una defensa de múltiples capas. Los extractos de sorgo combaten la enfermedad de tres maneras: eliminan radicales libres, bloquean la agrupación de amiloide-beta y reducen los niveles de proteínas tau anormales. Incluso ayudan a las células a mantener su energía, mejorando el rendimiento de las mitocondrias.
Los científicos creen que esta habilidad se debe a la estructura molecular de los polifenoles, como la quercetina. A pesar de estos prometedores resultados de laboratorio, los expertos advierten que se necesitan más pruebas en animales y humanos para confirmar su seguridad y eficacia como tratamiento médico.