Estaba de pie junto a la ventana de las habitaciones de Poirot cuando noté el alboroto en la calle.
"Hay algo muy curioso sucediendo en la calle", dije. "Una mujer está siendo seguida por una multitud. Crece cada momento. A fe mía, creo que es una especie de manifestación".
Poirot dejó su periódico y se reunió conmigo en la ventana. Miró durante aproximadamente dos segundos.
"Ah", dijo. "Es simple, mon ami. Esa es Mary Marvell, la actriz de cine americana. Sus admiradores la han reconocido".
"¿Mary Marvell? ¿De verdad?", miré de nuevo a la joven rubia y pequeña de abajo que se movía por la acera con total compostura a pesar de su séquito. "No la habría conocido".
"No", dijo Poirot, volviendo a su silla. "Pero viene aquí, creo".
"¿Viene aquí? ¿Qué te hace decir eso?".
"Ha entrado por esta puerta".
Tenía razón. Dentro de cinco minutos, nuestra casera nos había mostrado a la propia Miss Mary Marvell. Era más pequeña de lo que parecía en la pantalla: pequeña, rubia y de ojos azules, con una cualidad de quietud en torno a ella. Se sentó y le contó a Poirot que Lord Cronshaw lo había recomendado.
"He estado recibiendo cartas", dijo. "Cartas amenazantes. Mi marido cree que es una broma, pero confeso que me han asustado". Abrió su bolso y sacó tres sobres. "Me gustaría que las leyeras".
Poirot las leyó cuidadosamente, una por una, luego las dejó sobre la mesa. Las dos primeras contenían cada una una sola frase: *El gran diamante que es el ojo izquierdo del dios debe volver a donde vino*. La tercera tenía un tono diferente. Decía que había sido advertida y no había obedecido, y que en la luna llena ambos diamantes —el ojo izquierdo y el ojo derecho del dios— serían recuperados.
"Fueron entregadas a mano", dijo Miss Marvell. "Cada una traída por un hombre chino. Eso es lo que más me asusta, M. Poirot. Fue un hombre chino en San Francisco quien le vendió el diamante a mi marido hace tres años. Evidentemente tenía miedo de la piedra. La vendió por mucho menos de su valor".
"Y el diamante en cuestión", dijo Poirot, "es la Estrella de Occidente".
"Sí. Asegurada por cincuenta mil libras. Gregory me la dio como regalo de boda". Hizo una pausa. "Sé que suena fantástico".
Poirot se dirigió a la librería y sacó su almanacar. Lo hojeó en silencio. "La luna llena", dijo, "cae en este próximo viernes. Eso es dentro de tres días". Cerró el almanacar. "Miss Marvell, me gustaría mucho hacerme cargo del diamante hasta después del viernes".
Miss Marvell vaciló. Luego, con un gesto decidido, se metió la mano dentro del vestido y sacó el diamante en su cadena. Incluso a la luz gris de Londres era notable: una piedra grande de un brillo extraordinario.
Poirot la examinó con cuidado. "Le recomiendo encarecidamente que me lo deje".
"No puedo". Lo recogió y se lo volvió a poner. "El viernes, Gregory y yo visitaremos a Lord y Lady Yardly en Yardly Chase. Tengo la intención de llevarlo puesto allí".
"Ah". Poirot la miró fijamente. "¿Y por qué, particularmente, en Yardly Chase?".
Miss Marvell abrió su bolso de nuevo y sacó una revista. "¿Has visto esto? Society Gossip. Hay un artículo". Encontró la página y leyó en voz alta.
El artículo describía el diamante de la familia Yardly, llamado la Estrella de Oriente, que un antepasado había traído de China. Según la leyenda, había sido una vez el ojo derecho de un ídolo de templo. El ojo izquierdo había sido robado y transportado hacia Occidente. La leyenda además afirmaba que las dos piedras se reunirían algún día y ambas regresarían al dios. El artículo observaba que la Estrella de Occidente, actualmente en posesión de Mrs. Gregory Rolf, anteriormente Miss Mary Marvell, coincidía con esta descripción con una precisión notable.
Poirot escuchó sin expresión. Cuando terminó de leer, dijo: "¿Y no te preocupa reunir las dos piedras?".
Miss Marvell sonrió. "No creo que el diamante de Lady Yardly sea tan fino como el mío. Quiero verlos juntos".
En ese momento la puerta se abrió y Gregory Rolf entró. Era un hombre grande y guapo que llenaba la habitación simplemente al entrar en ella. Estrechó la mano de Poirot, echó un vistazo a las cartas sobre la mesa, y se sentó.
"Le he dicho a Mary desde el principio que estas son obra de algún loco", dijo. "Pero me alegra que las haya traído. ¿Qué piensas, Poirot?".
"Pienso", dijo Poirot, "que tanto si las cartas son genuinas como si no, Mrs. Rolf no debería llevar el diamante a Yardly Chase el viernes".
Rolf asintió de inmediato. "Estoy completamente de acuerdo".
Miss Marvell se ruborizó. "Eso es una tontería", dijo. "No tengo la menor intención de cambiar mis planes por unas cartas escritas por un lunático".
"Mi querida—".
"Gregory". Su voz era tranquila pero definitiva.
Rolf miró a Poirot y extendió ligeramente las manos.
"No puedo hacer más que aconsejar", dijo Poirot. "La decisión es tuya, Miss Marvell".
Los Rolf se fueron juntos. Miss Marvell no miró hacia atrás.
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Poirot se puso el abrigo y el sombrero y salió sin explicación, indicándome que esperara. Esperé. Después de unos veinte minutos, nuestra casera mostró dentro a otro visitante.
La reconocí de inmediato en los periódicos: Lady Yardly, rubia y bonita, aunque con una expresión ansiosa en los ojos en ese momento. Miró alrededor de la habitación.
"¿M. Poirot no está?".
"Regresará en breve. Por favor, siéntese, Lady Yardly. Querrá hablar con usted muy mucho".
Se sentó, girando sus guantes en las manos. La miré y un pensamiento me golpeó con cierta fuerza.
"Lady Yardly", dije, "ha recibido cartas de chantaje sobre su diamante".
Me miró fijamente. "¿Cómo lo supiste?".
"Porque Miss Mary Marvell estuvo aquí hace menos de una hora, y había recibido cartas amenazantes sobre la Estrella de Occidente. Usted posee la piedra que coincide. Sería extraordinario si la misma persona no le hubiera escrito también".
Guardó silencio por un momento. "Sí", dijo. "Tienes razón. He recibido cartas. Llegaron por correo en lugar de a mano, pero llevaban un fuerte olor a incienso: algo oriental. El texto era el mismo". Vaciló. "Las destruí. No las tomé en serio en ese momento".
Dejó un mensaje para Poirot y se levantó para irse.
"¿Debe irse antes de que regrese?".
"Creo que es mejor así". No explicó. Se fue antes de que pudiera presionarla más.
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Cuando Poirot regresó le conté todo. Escuchó con gran atención, haciendo varias preguntas precisas: el texto exacto que había usado, si me había mostrado alguna carta, por qué las había destruido en lugar de guardarlas.
"No tenía cartas para mostrarte", dijo finalmente, más para sí mismo.
"Dijo que las había destruido".
"Sí". No dijo nada más sobre el punto. Se acercó a la librería y buscó a Lord Yardly en el Peerage, pasando su dedo por la entrada. Luego se sentó y escribió un telegrama. "Iremos a Yardly Chase mañana", dijo.
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Lord Yardly llegó a nuestras habitaciones a la mañana siguiente. Era un hombre grande, ruidoso y de buen humor, del tipo que se disculpa por reír mientras ya está riendo. Poirot le mostró el artículo de Society Gossip.
Yardly lo desestimó. "Tonterías románticas. La piedra vino de India. No hay leyenda de templo asociada a ella".
"Sin embargo", dijo Poirot, "hay un problema asociado a ella. Por favor, cuénteme todo, my lord. No puedo ayudarle si no conozco la situación completa".
Lord Yardly le contó todo con la facilidad de un hombre aliviándose por primera vez. Estaba fuertemente endeudado. Tenía dos opciones: vender el diamante a través de un comerciante llamado Hoffberg, o aceptar la oferta de Gregory Rolf de usar Yardly Chase como ubicación de rodaje de películas. Odiaba la idea de la filmación —la odiaba profundamente— pero su esposa se oponía a vender el diamante y prefería el arreglo de la película. Aún no había decidido.
"No cuente a nadie nuestras intenciones", dijo Poirot. "Espérenos en la Chase esta noche".
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Llegamos a Yardly Chase esa tarde. Lady Yardly nos recibió en la sala de estar con sus dos hijos pequeños, un niño y una niña que investigaron a Poirot inmediatamente con la directez que usan los niños. Él estaba completamente cómodo con ellos, poniéndose a su nivel, sacando pequeñas cosas de sus bolsillos para su diversión. Lady Yardly lo observaba con una expresión que no podía discernir del todo.
Poirot le preguntó, como si fuera algo casual, si podía recordar los matasellos de las cartas que había recibido. No podía. Nos invitaron a quedarnos la noche, lo que Poirot aceptó sin vacilación.
Esa noche llegó un telegrama de Hoffberg. Había encontrado un comprador americano que zarpaba al día siguiente. Un representante vendría a Yardly Chase esa misma noche para examinar la piedra.
Lord Yardly estaba visiblemente emocionado. La cara de Lady Yardly se tornó inexpresiva.
"Me opongo a esto", dijo.
"Mi querida, ya lo hemos discutido—".
"Sé lo que hemos discutido". Se levantó. "Voy a cambiarme. Pero llevaré el collar esta noche, George, sin importar lo que decidas. Nunca has hecho cambiar la configuración de las piedras y la configuración es fea. Al menos podrías haber hecho eso".
Salió de la habitación. Lord Yardly nos miró con la expresión de un hombre que hace mucho tiempo ha dejado de esperar la última palabra.
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Estábamos reunidos en el salón esa noche cuando Lady Yardly apareció en la puerta. Llevaba un vestido blanco y el collar de diamantes en el cuello. Incluso en ese ambiente la piedra central capturó la luz notablemente.
Se dirigió hacia el banco de interruptores de luz justo afuera de la puerta. Extendió la mano hacia ellos —y cada luz en el salón se apagó simultáneamente. La puerta se cerró de golpe. Del otro lado llegó un grito de mujer.
Abrimos la puerta. Lady Yardly estaba en el piso, inconsciente. Había una marca roja en su garganta donde el collar había sido arrancado. La llevamos a una silla. Recobró la conciencia después de un minuto o dos, presionando su mano contra su garganta.
"Un hombre", dijo. "Vino desde atrás. Me arrancó el collar y corrió por la puerta lateral".
Hastings y Lord Yardly corrieron hacia la puerta lateral. El collar estaba en el piso justo dentro de ella, evidentemente caído. Pero cuando lo levanté y lo sostuve a la luz, la configuración central estaba vacía. La Estrella de Oriente había desaparecido.
La puerta estaba sin cerradura. Atrapado en la junta de ella había un pequeño fragmento de seda bordada, del tipo usado en las túnicas chinas.
Buscamos afuera en la oscuridad y no encontramos nada.
Lady Yardly, recuperada lo suficiente para hablar, describió lo que había visto mientras caía: un hombre con una coleta y una túnica bordada.
Fue enviada una llamada a la policía.
El representante de Hoffberg llegó mientras aún estábamos esperando a la policía. Poirot habló con él brevemente y luego se apartó, diciendo poco durante el resto de la noche.
"Debemos volver a Londres inmediatamente", le dije a Poirot más tarde. "El diamante de Miss Marvell —la luna llena—".
"La luna llena aún está días away, Hastings".
"Pero después de lo que ha sucedido aquí esta noche—".
Me miró por un momento, luego recogió su abrigo. Enviamos a Lord Yardly una disculpa y partimos hacia Londres.
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La llamada telefónica llegó a la mañana siguiente. La Estrella de Occidente había sido robada.
Había sucedido en el Magnificent Hotel esa misma mañana. Un hombre que se parecía fuertemente a Gregory Rolf había entrado en el hotel poco después de que Rolf mismo se hubiera ido. Se había dirigido al mostrador de depósito de seguridad, había firmado por la caja de joyas de Rolf, y la había recogido. Cuando el empleado notó una ligera variación en la firma, el hombre explicó que se había lastimado la mano al bajar de un taxi. Mencionó, de manera conversacional, que a veces recibía cartas de un hombre chino y ocasionalmente le habían dicho que tenía un ligero aspecto oriental en los ojos. El empleado de hecho había notado el distintivo sesgo de los ojos del hombre.
Cuando Rolf fue traído para enfrentarse al mismo empleado, no había nada remotamente oriental en sus ojos. Scotland Yard concluyó que el impostor había usado maquillaje de teatro. El diamante fue el único artículo tomado de la caja.
Poirot pidió hablar con Rolf en privado. Esperé. Poirot emergió después de algunos minutos y envió un telegrama —a Lord Yardly, vi.
Almorzamos. Por la tarde llegó Lord Yardly.
Se sentó pesadamente. "La cosa más extraordinaria. La firma de Hoffberg no sabe nada en absoluto sobre ningún representante. No enviaron a nadie a Yardly Chase anoche. Y el telegrama —tampoco saben nada sobre ningún telegrama".
"No", dijo Poirot. "No lo sabían. Envié ese telegrama yo mismo, my lord. También contrató al hombre que vino a la Chase, y arreglé su visita".
Lord Yardly lo miró fijamente.
Poirot metió la mano en su bolsillo del pecho y sacó la Estrella de Oriente. La colocó en la mesa frente a Lord Yardly. "Prometí preservarla para usted. He cumplido mi palabra".
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Después de que Lord Yardly se fue, esperé. Poirot se acomodó en su silla y presionó las puntas de sus dedos juntas.
"Toda la cuestión fue la invención de Gregory Rolf", dijo. "Las cartas amenazantes. El hombre chino que las entregó. El artículo en Society Gossip —él arregló para que se publicara. Nunca hubo un par de diamantes que coincidieran, Hastings. Solo había una piedra, que originalmente había pertenecido a la familia Yardly".
"Pero la Estrella de Occidente—".
"Es la Estrella de Oriente. Hace tres años Rolf la obtuvo. ¿Cómo? Mientras Lady Yardly estaba sola en California —Lord Yardly no estaba con ella— Rolf estaba allí. Reunió de ella ciertas cartas que le daban un dominio sobre ella. Usó ese dominio para hacerla cambiar la piedra genuina por una copia de pasta, que fue colocada en el collar de Yardly. La piedra real se convirtió en la Estrella de Occidente, que él le dio a su esposa como regalo de boda".
Repasé todo en mi mente. "Y cuando Lord Yardly comenzó a hablar de vender el diamante—".
"La sustitución sería examinada. Se descubriría la pasta. Rolf tenía que actuar. Su plan era arreglar robos teatrales de ambas piedras —en realidad, una sola piedra, el único diamante real. Se aseguraría de calmar los nervios de Lady Yardly, recaudaría cincuenta mil libras en dinero de seguros en la Estrella de Occidente, y se quedaría con el diamante además". Poirot hizo una pausa. "Interrumpí esto contratando al falso representante de Hoffberg. La amenaza de examen obligó a Lady Yardly a actuar esa misma noche. Ella apagó las luces ella misma. Cerró la puerta ella misma. Tiró el collar por el pasillo, removió la piedra arriba de antemano con una herramienta pequeña, tuvo cuidado de ocultar la configuración vacía cuando mostró el collar después, y colocó el fragmento de seda china en la puerta ella misma, habiéndolo preparado de antemano. Cuando Rolf leyó sobre el robo en la Chase, entendió que su señal había llegado. Él encenó su propio robo a la mañana siguiente".
No dije nada por un momento. "¿Y lo confrontaste?".
"Le dije que Lady Yardly le había confesado todo a su marido, y que el diamante debía ser entregado o se seguirían procedimientos. Lo entregó inmediatamente. Un hombre de acción, Rolf —sabe cuándo una posición está perdida".
"¿Y la visita de Lady Yardly aquí? Dijo que había venido a consultarte".
"Vino en consejo de una amiga, Mary Cavendish. Pero cuando llegó y se enteró de que Mary Marvell acababa de estar aquí —y Mary Marvell es su enemiga, Hastings, aunque no lo sabía en ese momento— quiso una razón para irse sin decirme nada. No tenía cartas para mostrarme. Nunca había recibido ninguna. Tú le diste la apertura, mon ami. Le dijiste que había recibido cartas de chantaje. Ella simplemente estuvo de acuerdo contigo, tomó prestada tu explicación de por qué había venido, afirmó haber destruido las cartas, y se fue. Lamenté haberla perdido, sí —pero no me habría contado nada útil de todas formas".
"No destruiría cartas reales", dije lentamente, recordando lo que había dicho cuando primero le reporté su visita.
"Las mujeres no destruyen cartas si pueden evitarlo. No". Sonrió ligeramente. "Hiciste muy bien en notarla, Hastings. Simplemente sacaste la conclusión equivocada".
Lo miré. Pensé en las cartas que había aceptado sin cuestionamiento, el hombre chino cuya existencia nunca había dudado, la angustia de Lady Yardly que había creído enteramente, el robo que había presenciado y no había entendido nada.
"Me has hecho parecer un tonto", dije, "de principio a fin".
Salí y cerré la puerta detrás de mí, bastante más firmemente de lo que era estrictamente necesario.