El dinosaurio estaba herido. Algo, quizás otro animal o una enfermedad, había fracturado una de sus costillas, y la herida había comenzado a cerrarse. Luego, antes de que la curación terminara, el Tyrannosaurus rex más grande que jamás caminó en la Tierra murió.
Sesenta y seis millones de años después, un estudiante de física en Saskatchewan observaba un escaneo de esa misma costilla, preguntándose qué podrían ser las formas extrañas en su interior.
El dinosaurio se llama Scotty, y según la Universidad de Regina, es el espécimen de T. rex más grande y uno de los más completos jamás descubiertos. Descansa hoy en el Museo Real de Saskatchewan. El estudiante es Jerit L. Mitchell, candidato a doctorado en el Departamento de Física de la Universidad de Regina, quien primero notó las estructuras internas inusuales en la costilla cuando aún era estudiante de pregrado.
Lo que él y su equipo han encontrado ahora, publicado en la revista científica Scientific Reports en 2025, es algo que los paleontólogos han sospechado durante mucho tiempo que podría ser posible pero rara vez logran ver: vasos sanguíneos preservados, congelados dentro del hueso de un Tyrannosaurus rex.
Los vasos no son blandos ni rojos. Sobreviven como moldes mineralizados ricos en hierro, fantasmas del tejido original reemplazados por minerales mientras el cuerpo se fosilizaba. El equipo utilizó un acelerador de partículas especial en la Universidad de Saskatchewan para crear imágenes detalladas del interior de la costilla sin dañarla.
Este descubrimiento sugiere que los paleontólogos podrían encontrar más tejido blando preservado en huesos dañados que en huesos perfectos. Ahora los científicos pueden estudiar cómo los dinosaurios curaban sus heridas comparándolas con las aves y reptiles modernos, que son parientes vivos de los dinosaurios.