Alto en el océano Pacífico, entre Hawái y California, el aire está haciendo algo que nunca debería hacer. Está atrapando calor, no por dióxido de carbono o hollín de fábricas lejanas, sino por algo mucho más extraño: diminutos fragmentos de plástico de colores que flotan invisibles en el cielo, absorbiendo la luz solar como pequeños paneles solares sin lugar adonde enviar la energía.
Esta es la conclusión de un estudio publicado el 4 de mayo de 2026 en la revista Nature Climate Change, dirigido por investigadores de la Universidad de Fudan en Shanghái. El equipo descubrió que los microplásticos y nanoplásticos en el aire tienen un efecto de calentamiento medible en la atmósfera terrestre, algo que los modelos climáticos actuales han ignorado completamente.
Los números son pequeños pero sorprendentes. Globalmente, el equipo calculó que estos fragmentos producen un calentamiento equivalente al 16% del efecto del carbón negro, la sustancia oscura de la contaminación por combustibles fósiles. El plástico está ganando terreno como factor climático importante.
En el Giro Subtropical del Pacífico Norte, donde flota la Gran Mancha de Basura del Pacífico, el impacto de calentamiento del plástico es 4,7 veces mayor que el del carbón negro. Los investigadores descubrieron que las partículas de color absorben la luz solar mucho más que las blancas o transparentes. Además, cuando el plástico envejece por la radiación ultravioleta, las partículas blancas se vuelven amarillas y rojas, absorbiendo más luz solar.
Los fragmentos más pequeños, invisibles incluso bajo la mayoría de los microscopios, absorben más luz solar y permanecen en el aire más tiempo. Los microplásticos provienen de la desintegración lenta de residuos plásticos, del desgaste de llantas en las carreteras y de fibras de ropa sintética. Ahora parece que están cambiando el equilibrio energético del planeta de manera modesta pero medible.