Normalmente, el cerebro es el primer órgano en descomponerse después de la muerte debido a su tejido blando y rico en grasa. Sin embargo, los arqueólogos han encontrado repetidamente cerebros antiguos intactos dentro de cráneos, mucho después de que otros tejidos blandos hayan desaparecido. Investigadores de la Universidad de Oxford han creado una gran base de datos para entender este misterio biológico. Han recopilado información de más de 200 fuentes arqueológicas en diez idiomas, catalogando más de 4.400 cerebros humanos conservados en seis continentes. Los especímenes más antiguos datan de hace unos 12.000 años.
Estos cerebros provienen de diversas personas y lugares: gobernantes de Egipto y Corea, figuras religiosas de Gran Bretaña y Dinamarca, exploradores polares y víctimas de conflictos. Han sido encontrados en ambientes muy diferentes, como asentamientos junto a lagos en Suecia, depósitos de sal en Irán y sitios de entierro incas en los Andes.
Los científicos identificaron cinco caminos ambientales que detienen la descomposición normal. Algunos cerebros se conservaron por temperaturas bajo cero, pero duraron menos de 500 años. Otros sobrevivieron en regiones secas por la falta de humedad, durando hasta 5.200 años. El ácido en las turberas protegió algunos por hasta 2.800 años, mientras que otros se convirtieron en una sustancia similar al jabón. El método más sorprendente ocurre en ambientes sumergidos y con poco oxígeno. Allí, las reacciones químicas que normalmente destruyen el tejido lo estabilizan. En unos 1.300 casos, esto dejó el cerebro intacto mientras otros tejidos se descomponían.
Los investigadores realizaron un experimento con cuerpos de roedores. En condiciones de bajo oxígeno, la descomposición de las proteínas del cerebro se detuvo. El secreto está en la formación de enlaces moleculares. Las moléculas reactivas, en lugar de destruir las proteínas, las unen con grasas degradadas, creando un material resistente a la descomposición. El cerebro es ideal para esto por su contenido de proteínas y grasas, y por elementos como el hierro y el cobre que ayudan a la unión química. El cráneo también protege el cerebro.